PASIFLORA

Aquel verano Itziar, tía de Elionor, nos dejó su villa de O Grove. A principios de septiembre Elionor pensaba hacer un concierto en el Balneario. Una mañana de finales de julio, me regaló, con su violoncelo, una magnífica interpretación de la suite #1 de Bach. Permanecí sentada en el primer peldaño de la escalera, la respiración entrecortada, las notas eran un dulce néctar para mis oidos, los acordes hacían vibrar mi corazón. Finalizada la interpretación mantuvimos un largo silencio, salimos a la terraza y observamos el verde intenso del océano: sin mediar palabra, pero con una leve sonrisa en los labios nos dirigimos hacia la playa, nos sumergimos en la verde inmensidad del mar, sabedoras de que en aquel momento nuestra soledad se ahogaba entre las olas. Estábamos las dos, podíamos compartir nuestras inquietudes, nuestras creaciones, y por qué no, nuestros silencios. Sin saberlo, aquello fue el inicio de una larga convivencia, hoy pasados trece años continuamos en O Grove, sus brumas nos atraparon.

Al volver a casa, encontramos un telegrama de tía Itziar en el buzón de la verja, nos anunciaba su próxima visita. Nos alegró, pero nos preguntábamos, con una dosis de cierta angustia, si ella respetaría nuestros silencios. Decidimos olvidar su llegada y continuar con nuestra rutina; por las mañanas ibamos a la playa y por las tardes Elionor ensayaba, mientras yo sentada en la mesa de la terraza, revisaba mis poemas; no osaba utilizar la mesa de tía Itziar.

Aquella noche, después de cenar, sentados en los sillones de mimbre del jardín, Elionor me sugirió que realizara una lectura pública de mis poemas en el Balneario. Una brisa fresca nos envolvía. Ninguna de las dos habló de Itziar.

Tia Itziar tuvo la gentileza de prestarme su estudio-dormitorio, quizás por afinidad. Las dos escribiamos. Ella no había publicado, ni lo deseaba. En las blancas estanterías de su dormitorio montones de relatos dormían en cajas de colores.

El dormitorio estaba en el primer piso. Para llegar a él, tenia que pasar por un pequeño distribuidor presidido por una cómoda de madera de cerezo, con grandes cajones y dibujos góticos de marqueteria. Sobre dos antebrazos con sus manos, un poco surrealista e inadecuado con la decoración de la casa. Tía Itziar había vivido muchos años en Barcelona, quizás los compró en Insòlit, seducida por el cuento de Pere Calders, o por las leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer.

Cada vez que pasaba frente aquellas manos, tenía que acariciarlas, se convirtió en un pequeño ritual, eso sí, intentaba que nadie me viera. Tan pronto dejaba atrás el último peldaño de la escalera, me dirigía hacia éllas y las rozaba con la misma sutileza con que las beatas acarician los pies de los santos. Incluso algún día me había acercado un poco más hacia aquel dedo que se separaba coquetamente del resto y con la máxima delicadeza le daba un tenue beso.

Entraba en el dormitorio como quién entra en un  templo. A través de la ventana veía las flores blancas y violáceas de la passiflora, un profundo sentimiento de respeto me embargaba.  Me sentía intrusa en la intimidad de Itziar. Jamás osé utilizar su mesa de caoba, vieja mesa de un antiguo velero, desprendia fagrancias marinas. Tenia incrustada la rosa de los vientos; lo mas fascinante eran los dos cajoncitos frontales. Cuando los rozaba con suavidad, un ligero hormigueo invadía mis dedos, con cierta alarma retiraba precipitadamente las manos, no fuera caso que tuviesen la osadía de abrirlos. La silla cubierta con una funda de algodón blanco, parecía un espiritu de allende los mares. Junto a la mesa un ordenador, tampoco tuve audacia ara fisgonear en sus archivos.¿Quién era yo para husmear en ellos?

Antes de acostarme solia sentarme en el sillón azul, escudriñando entre los muchos libros de la biblioteca. Estaban alineados en perfecto orden alfabético. Había libros de Rosalía de Castro. “Adios rios, adiós fontes”, “Folas novas” escritos en gallego. De seguro que ella leía gallego. Me llamó la atención “Zalacaín el aventurero” de Pío Baroja, de la editorial Aubier de París, una curiosa edición bilingüe, castellano-francesa, quizás lo había adquirido durante aquel verano que pasó con su hijo Julián en París. Reconocí muchos otros autores: Vicnte Aleixandre, Clementina Arderiu, Camilo José Cela, Juan Eduardo Cirlot, Antonio Machado, Carmen Martín Gaite, Pablo Neruda, Marta Pessarrodona, Mercè Rodoreda, Montserrat Roig, José Luis Sampedro, José Saramago, y un largo e interminable etcétera de nombres.

Aquella noche, recostada sobre los mullidos almohadones de la cama leyendo poesías de Clementina Arderiu, me costaba conciliar el sueño. La ventana estaba abierta, Elionor todavía estaba en la terraza. Me levanté y me distraje revisando la biblioteca. Ante mis ojos apareció el nombre de Filisberto Hernández. El libro se llamaba “Las Hortensias”. Fue entonces cuando lo intuí. En aquella habitación, quizás en toda la casa no había ningún objeto que no tuviese relación con alguno de los libros de la biblioteca. En aquel momento alcancé a preguntarme el por qué del cuadro de las Hortensias de enfrente la cama, el por qué de las manos de la cómoda. Miré a mi alrededor con curiosidad:¿Habría descubierto el secreto de Itziar? Me empecé a preguntar el por qué de cada objeto, de cada mueble. Observé detenidamente la habitación, los cuadros, aquellos pequeñitos sobre la cama, cimas de montañas azules entre brumas, una sutil rosa, un pequeño puerto de pescadores, la barandilla de un balcón, el torso de una mujer desnuda. Me interrogaba si sabría localizar a qué libros podrían corresponder aquellas imágenes, a qué autor, qué historias no quería olvidar Itziar. Mientras observaba todos y cada uno de los detalles, la brisa me traía la fragancia de los  jazmines del jardín. Insistí: ¿Por qué el jazmin en el jardín?. Empecé a releer títulos, buscando que libro empujó a Itziar a cultivar la Pasiflora en la terraza, no era facil. El sueño me venció. Soñé con manos rosadas que surgían del suelo del jardín, rodeadas de tupidas trepadoras que se enzarzaban entre sus dedos.

El ocho de agosto, llegó Itziar, ilusionadas le contamos que habíamos ya concertado con el gerente e A toxa, el concierto para el dieciseis de septiembre y una lectura de mis poemas para el vinticuatro. La idea le entusiasmo. Elionor empezó a practicar con su violoncelo durante seis horas diarias, terminaba extenuada. Yo decidí no revisar mas mis poemas, la presencia de Itziar, y porqué no decirlo la obsesión por los objetos de la casa no permitían que me concentrase. Buscaba títulos, relatos donde apareciesen visillos, sillas de mimbre, en fin cualquier cosa de las que me rodeaban, incluso preguntaba a Itziar qué libros me sugería para leer, quizás ella me diese algún indicio.

Cuando llegó me vi obligada a trasladarme de dormitorio, disculpándose me cedió justo el de al lado de su estudio, el de su hijo Julián. Cada noche tenía que pasar por el distribuidor. Me sentí molesta,incómoda, aunque no me perteneciese, el estudio tenía todavía muchas historias que contarme y yo sentía la necesidad de curiosear entre sus objetos, sus muebles, la escalera de pino de la biblioteca, el redondo reloj que estaba encima los estantes de las cajas de colores. Tenía que observar, saber a qué relato pertenecían. Con el pretexto de buscar libros para leer, entraba a menudo en la habitación. Ella se mostraba complaciente. Si cuando me levantaba por la mañana la oía desayunando en la cocina, abría con lentitud la puerta y fisgoneaba. Algunas veces uno de los pequeños cajoncitos de la mesa estaba abierto, me acercaba, echaba una rápida ojeada, eran pequeños papeles con citas de los libros, todos relacionados con objetos, lápices, relojes, pasillos, puertas, ventanas, espejos, manteles. Alguna mañana incluso había podido leer alguno de ellos:


“Me miré en el gran espejo del perchero y me vi una cara desencajada” (Reina, 234)” ¿quizás por eso el perchero de la entrada?

“Los sillones de mimbre son los que tienen mas trajín por lo ligeros y manejables. Siempre andan en brazos…., de la sombra al sol, del sol a al sombra” (Balneario 228-229), los sillones de mimbre del jardín;

“He plantat moltes roses/ per a tu, per si florien” (Eros mes que Thànatos, 122), el cuadro de la sutil rosa;

“Encima de sus cabezas chirrió la maquinaria del reloj que era grande como la luna, anunciando que iban a ser las nueve y media en la ciudad (Visillos, 74)” el redondo reloj de madera, encima de las estantes de las cajas de colores de su dormitorio.

Mi malestar crecía a diario, Itziar se había apropiado de mi santuario. Tenían tanto que contarme sus libros, sus paredes, sus muebles, sus objetos. La empecé a considerar una intrusa. Inicialmente nos había dicho que no vendría en todo el verano, y de improviso, sin más, aparece intentando compartirlo todo con nosotras.

Una de aquellas noches cuando cumplía con mi ritual de acariciar las manos, descubrí un pequeño hueco entre la cómoda de cerezo y la pared, entonces se me ocurrió esconderme en él y observar el ir y venir de Itziar. Los antebrazos con sus manos quedaban justo encima de mi cabeza. Por las noches me retiraba a dormir antes que ella, con el fin de poder esconderme en mi rincón y observarla. Pude ver cómo cada noche depositaba sus anillos en el dedo que yo besaba furtivamente, luego entraba en su habitación y la cerraba con llave por dentro. Yo salía de mi escondrijo, acariciaba los antebrazos, daba un suave beso al pobre dedo, ahora, agotado por el peso de los anillos, y me retiraba al dormitorio de Julián.

Recuerdo perfectamente la fecha, era el veinte de agosto, estaba ya en mi escondite. Itziar tardó más de los usual en retirarse a dormir, la espera se me hizo insoportable. Con precaución saqué mi mano derecha, y acaricié el dedo. Por fin ella llegó y empezó a trasladar sus anillos, llevaba cuatro, al coqueto dedo de la rosada mano. Un instinto descontrolado, unos celos desconocidos me invadieron y supe que tenía derecho a hacerlo.  Aquel pobre dedo no podría soportar tanto peso. Unas manos se elevaron por encima de la cómoda, le rodearon con fuerza el cuello y con lentitud lo fueron estrujando. Eran unas manos, creo que las mías, o ¿quizás las de la cómoda?. No lo sé, tanto da. Se desplomó en el suelo del distribuidor. Como pude la llevé hasta su cama, y sin saber porque le dejé el libro de las Hortensias junto con un pequeño ramillete de flores de la pasión entre los dedos. Apagué las luces, miré las cajas de colores, el reloj marcaba las once en punto y cerré la habitación.

Me acosté a la cama de Julián. Soñé otra vez con las rosadas manos del jardín, que atrapadas por una espesa hiedra emergían del suelo justo debajo del almendro. A la mañana siguiente bajé a desayunar. Los sones del violoncelo llenaban la casa. Aquel día no quise ir a la playa. Cuando Elionor marchó enterré el cuerpo de Itziar bajo el almendro, recordé: “Eloisa está debajo de un almendro” de Jardiel Poncela y una sonrisa asomó a mis labios. Subí al estudio y ya sin ningún recato abrí el ordenador, escribí una nota para Elionor en la que Itziar se disculpaba por su precipitada marcha, la reclamaban con urgencia desde Nueva York, donde había impartido clases años atrás. Nos pedía que continuáramos en la villa y que la cuidásemos con el mismo cariño que lo hacía ella. Una última recomendación, que plantásemos hortensias alrededor del almendro, y que pensáramos en regarlas a diario. De nuevo me cedía su dormitorio-estudio.

Dejé la carta en la habitación de Elionor. Después de cenar como de costumbre tomamos el café en las sillas de mimbre del jardin. La suave brisa nos rodeaba.

El dieciseis de septiembre, con gran éxito, se celebró el concierto, empezó con la suite #1 de Bach, asistió Julian, pasó unos días con nosotras en O Grove; el día veinticuatro tuvo lugar la lectura de mis poemas. Finalizó septiembre y decidimos continuar en la villa hasta que tía Itziar se pusiese en contacto con nosotras. Han pasado trece años y todavía hoy no hemos tenido noticias de ella. Nos causa extrañeza no haber recibido ni una sola nota. Nos hemos instalado a vivir en la villa de O Grove. Durante las vacaciones Julián nos visita unos días, no demasiados. Tampoco ha recibido noticias de su madre. Las hortensias de debajo el almendro florecen cada primavera, sus flores rebosan vitalidad. Yo duermo en el estudio que Itziar tuvó la gentileza de prestarme. Ahora escribo mis poemas en la mesa del velero, fisgoneo en los archivos del ordenador. Muchas noches me siento debajo del almendro y leo en voz alta alguno de los relatos que encontré en las cajas de colores.

Lídia Sender

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Saber vivir saber morir.

http://www.youtube.com/v/RE47rXYjVGE?fs=1&hl=es_ES

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EL LIBERTIN Ref. 054

Barcelona, 28 de febrero de 1968


Querido amigo,

El pasado 20 de febrero leí la nota que insertaste en “Libertin”, creo por lo que de ella se desprende que quizás podríamos intentar hacer algún ejercicio de acercamiento que nos llevase a conocer secretos de nuestra profunda y misteriosa sexualidad.

Pasadas las primeras urgencias sexuales de la adolescencia, empecé a considerar el amor como la más osada de las lecturas. Lecturas lentas que permiten rastrear cada rincón del cuerpo deseado como si de un libro de poesía o una novela de intriga se tratase, encontrar rincones inexplorados, miradas que incitan a una mutua complicidad en el descubrimiento de recónditos lugares, quizás nunca explorados ni acariciados por anteriores oteadores, que por sus urgencias no tuvieron tiempo para deleitarse en las posibilidades de lecturas ocultas en los pliegues de cualquier rincón del cuerpo deseado.

Creo que de conocernos, primero en la intimidad de algún jardín, podríamos ir desgranando lentamente los poemas que nuestros respectivos cuerpos pueden ofrecernos, y quizás una profunda comprensión de nuestras lecturas nos llevaría a transgresiones impensables que saciasen nuestra ardiente juventud.

El próximo martes, en el tercer banco de la izquierda del paseo que rodea el musgoso estanque de los jardines de la Villa Amelia, justo debajo de un castaño, te estaré esperando. Llevaré mi vestido verde esperanza, lo prefiero por su sugerente color. Mi cabello es negro y lacio. Mi piel es cálida. Mis labios carnosos. Mis ojos negros. Mis pechos redondos y turgentes. Entre mis manos, encima de mi regazo reposará el libro de Milan Kundera -”La insoportable levedad del ser”, quizás finja entretenerme hojeándolo. Tu podrás jugar con ventaja, al pasar por enfrente empezarás ya a hojearme sin que yo lo perciba. Si te parece atrayente lo que ves entre líneas, te sientas a mi lado y me comentas: “el color de tu vestido me sugiere el preludio de excitantes lecturas”. Yo sabré que eres tú y sin decir palabra empezaré a hojearte, ten paciencia, lo haré lentamente, te escudriñaré en silencio. Tu ardiente juventud tendrá que aguardar.

Si nuestras respectivas prelecturas nos parecen preludios de sugerentes encuentros, podemos citarnos, ya no en un lugar público como estos deliciosos jardines, sino en ocultos y cálidos rincones que nos permitan leer o escribir poemas en los pliegues más recónditos de nuestra piel, que podamos descubrir poesías con rimas inéditas, encontrar dobleces escondidas, laberintos donde perderse, cálidas oscuridades, destrozar timideces de nuestros cuerpos expectantes, y un largo etcétera de incitantes posibilidades. Y si estimulados por nuestras caricias y la poesía de nuestros sentidos llegáramos, como sugieres en la Ref. 054, juntos al cielo, quizás prodríamos aprender a releernos como hacemos con algunos de los libros que con codicia guardamos en las estanterías de nuestra biblioteca, y nos duele prestarlos a algún amigo.

No te olvides, el martes 28, a las tres de la tarde, en el banco, bajo el castaño, a la izquierda del estanque musgoso y lleno de nenúfares de los jardines de la Villa Amèlia.

Lectora incansable,



Lídia Sender 1/4/97

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FRICANDÓ AMB CARRERETES

INGREDIENTS

per a sis persones:

vedella (tapa plana, cap de mort, etc. ) 1,800 Kg.
carreretes seques (cama-secs) 80 gr.
cebes 2
tomàquets madurs 5
farina 200 gr.
oli3 dl.
ametlles torrades 20 gr.
manat d’herbes: llorer, farigola, orenga
alls 3grans
carquinyolis 2
vi blanc 1 got
sal pebre

ELABORACIÓ

Deixeu els bolets en remull durant unes hores.
Talleula vedellaa bistecs petits, d’uns 40 gr. cada un.
Amaniu-los amb sali pebre, enfarineu-los i enrossiu-los amb oli ben calent. Reserveu-los en una cassola.
Amb l’oli restant sofregiu-hi les cebes i les pastanagues tallades a bocins mitjans; quan són ben sofregides afegiu-hi el manat d’herbes i els tomàquets a trossets. Deixeu-ho sofregir i espereu que es concentri. A continuació hi afegiu el vi blanc i deixeu reduir. b
Afegiu una cullerada de farina i ho barregeu tot bé. Després ho afegiu a la cassola amb la carn, ho cobriu amb aigua o brou i ho deixeu al foc fins que estigui quasi cuit.
Passeu la carn a una altra cassola. Coleu la salsa i poseu-la de nou sobre la carn.
Ho feu coure iho aneu escumant, a fi d’eliminar les impureses que vagi desprenent la salsa i els freixos que pugui tenir.
Escorreu els bolets, passeu-los lleugerament per la paella amb un rajolí d’oli i els tireu a la cassola, per tal que es vagin coent amb la vedella.
Feu una picada amb els alls, les ametlles i els carquinyolis.
Deixateu-la amb una mica de salsa i tireu-la a la cassola.
Tasteu el punt de sal, i ja teniu el fricandó a punt.
Nota: els cama-secs (dits també carreretes, carreroles, moxernons falsos, ets.) acostumen a tenir el peu molt dur; és millor treure’l i llençar-lo.
Aquest plat prové de la cuina francesa (i occitana), si bé la seva elaboració al país veí canvia substancialment. Al nostre país és un plat amb carta de naturalesa i molt popular.





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CASA DE SALUT

Miri doctora cada tarda quan sec sota la xicaranda, ella em porta una engruna de desig, mai no ha deixat de fer-ho des que visc en aquest meravellós indret, fins i tot hi ha tardes que em xiuxiueja a cau d’orella dolces paraules d’amor, llavors un calfred recorre el meu cos. No tem la pluja ni el fred. És puntual a la cita; algun cop m’ha fet esperar una estona, però de segur que ho fa a posta; es una mica enjogassada, sap, i cregui que abans, quan ens vam conèixer era jo qui havia d’estar sempre amatent als seus capricis, però la seva actitud, doctora, va canviar aquell 27 de juny del 72. Erem a Ferragut prenen un dels primers banys de la temporada. L’aigua era freda. Record que em va fer patir d’allò mes, va entrar a l’aigua i hi va estar molta estona sense sortir-ne, be, fins i tot no ho va fer per propi peu, uns homes la van treure en braços, cregui que un fibló de gelosia va travessar el meu cor, però se la veia tan tranquil.la. Aquell dia i els que van seguir, fins que vaig venir a viure aquí amb vostè, va ser una mica malcarada, em va deixar de banda, no em venia a veure; però des que vaig començar a prendre la fresca sota la xicaranda, no ha deixat d’acompanyar-me ni un sol dia. Encara que de vegades porta una bata blanca que no l’afavoreix gens, i els seus ulls no són verds com abans, deu ser l’edat que tot ho destenyeix. De segur que jo tampoc estic igual. Doctora, fa temps que li vull demanar un favor, digui.li que es posi el vestit verd esperança  que duia el dia que ens vam conèixer al parc de la Vila Amèlia, potser a vostè n’hi faci de cas, jo li ho he demanat molts cops i mai no me n’ha fet. Cada dia ve vestida amb la bata blanca, la còfia i unes sabates blanques que no l’afavoreixen gens. Demani-li-ho, si us plau, doctora, de segur que a vostè n’hi fa de cas.

Lídia Sender
juliol 1997

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CAMÍ DE MAR

A les vuit de la nit agafem el barco amb gran esvalot per part dels nens -per a ells és festa major-. El primer que fem es anar a la cabina, llavors vénen les discussions. Qui dormirà a la llitera de dalt? Qui a la de baix? Qui tindrà l’ull de bou? … Un cop hem resolt, mes o menys, tots aquests petits entrebancs, deixem els paquets a la cabina i anem a coberta.

Es molt divertit veure com s’acomiada la gent. Els uns fan gestos amb els brassos; altres llencen paper higiènic als que són al moll; altres canten cançons d’adéu.

Un cop el barco s’ha fet a la mar, ha salpat, es qüestió de sopar una mica, generalment entrepans. Si tens la sort que faci una nit estelada, pots seure en algun racó fosc i mirar els estels; també es possible trobar algun grup de jovent que acompanyant-se d’una guitarra o flauta canten.

Convé anar a dormir aviat, per llevar-te de matinada i veure l’arribada a l’illa, es comença a distinguir a partir de les sis del matí. Els nens es lleven amb la il.lussió de veure algun dofí jugant amb l’escuma que deixa el barco en solcar el mar.

És molt bonic anar seguint tot el litoral de la part nord de l’illa. Es veuen els fars que hi ha en els caps, els arenals, penya-segats, petits illots….

Cap a les vuit del matí s’arriba a la boca del port de Maó, que és una llarga badia, i encara ens queda una altra diversió: veure arribar el “tècnic” amb la seva barqueta. És un home gran, alt, prim, amb gran agilitat. Des de coberta els mariners li tiren una escala de cordes, per la qual ell s’enfila al barco per dirigir les maniobres.

I després d’això hem de desembarcar i deixar-nos amanyagar per la gent que ens ve a rebre al port de Maó.

Lídia Sender 1977

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Tangos Among Friends – Daniel Barenboim

http://www.youtube.com/v/OgAJsvHGnko&hl=es_ES&fs=1

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